
Nos han enseñado que el azúcar de las frutas, la fructosa, es buena para nosotros, sin embargo éste azúcar tiene contrapartidas para la salud.
La fructosa se metaboliza en el hígado, convirtiéndose directamente en triglicéridos que a su vez se almacenan en el tejido adiposo y en el propio hígado. Dicho azúcar no estimula la producción de la insulina o la leptina (hormona de la saciedad) como lo hace la glucosa, aunque sí estimula la ghrelina (hormona del hambre). Este mecanismo del que disponemos y que hemos heredado de nuestros ancestros, suponía una valiosa herramienta para éstos. De esta forma almacenaban grasa sin perder el apetito o encontrarse cansados o dormidos (efecto que produce la insulina) y se preparaban para los periodos de escasez de comida. Durante el verano disponían de frutas que les permitía acumular reservas para el invierno, aunque aquellas eran menos dulces.
El mecanismo descrito era favorable para nuestros ancestros aunque es menos favorable en nuestra era. El exceso de fructosa, a través de una alta ingesta de fruta, podría ser poco recomendable en ocasiones. Varios estudios asocian una alta ingesta de fruta con un mayor índice de obesidad.
Las frutas tienen muchos beneficios para la salud, son muy nutritivas. Por ejemplo, los arándanos pueden mejorar la función cognitiva y podrían prevenir el cáncer además de que son fuente de antioxidantes. Los albaricoques son ricos en fibra vitamina C, A y triptófano, los cítricos ricos en vitamina C, etc… No se debe prescindir de las frutaspero sí tomar las más adecuadas, las más bajas en azúcares.
Si eres una persona delgada y sana o eres atleta, puedes disfrutar de una alta ingesta de frutas, aunque es recomendable tomar las que aportan una baja cantidad de fructosa como es el caso de las fresas o frambuesas, entre otras. Si por el contrario el exceso de peso es uno de tus problemas, no superes las 2 piezas diarias de fruta.

